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Arte en el Calendario

Como ya es costumbre cada fin de año los negocios donde frecuentemente hacemos nuestras compras nos obsequian el famoso calendario anual, de gran utilidad en la vida cotidiana, pues lo ocupamos entre muchas otras cosas para consultar las fechas conmemorativas de los acontecimientos  históricos más importantes, para saber qué día cae nuestro cumpleaños o el de familiares y amigos, hasta ha servido de inspiración para componer canciones, no olvidemos a Joaquín Sabina con: “Quien me ha robado el mes de abril”, en fin, el calendario es un accesorio muy importante en nuestras tareas diarias.

¿Y qué tiene que ver el Arte con los calendarios? Veamos:


A finales de la Edad Media, aparecieron los calendarios en los libros de las horas o libros de oraciones que también contenían plegarias, salmos y misas, rezos que se leían en casa, en distintos momentos del día, eran de uso particular, pensados no para el gran público sino para clientes de la aristocracia y la nobleza ya que costaban el salario de medio año de un trabajador por su lujosa y suntuosa ornamentación con que se elaboraban. Al comienzo del libro de las horas figuraba casi siempre un calendario en el que cada uno de los doce meses del año estaba decorado con una ilustración en miniatura donde se reflejaban labores de campo. Los calendarios también se pintaban para ricos y poderosos, pero, como debían mostrar el transcurso del año, las actividades de los campesinos eran las que mejor se adaptaban a estas representaciones. De éste modo, ésta clase tan poco apreciada hizo su entrada en la pintura europea. Se crearon motivos fijos para cada mes; aunque algunos procedían del mundo de la corte, en su mayoría hacían referencia a la vida de los campesinos: en febrero, por ejemplo, cobijados al calor del hogar, los labriegos se calentaban junto al fuego por las altas temperaturas de invierno, en marzo arando la tierra o en junio segando la hierba. En enero -el mes de las musas y las fiestas- aparece un noble anciano sentado ante una mesa opulenta tal como lo exigía la tradición, por primera vez en el calendario del Manuscrito “Las muy ricas horas del duque de Berry”, no figura un anciano cualquiera. Los pintores Paul, Jean y Herman, conocidos en España como los hermanos Limburgo, originarios de tierras neerlandesas concretamente de Nimega, que desde 1405 estaban al servicio del duque (Juan de Francia duque de Berry), retrataron a quien les había hecho el encargo, el duque de Berry rodeado de todo lo que amaba: perros, criados y amigos leales, bonita indumentaria, preciosas vasijas de oro y buena comida, era un sibarita (persona con mucho refinamiento). Se dice que fue él quien introdujo las trufas en la cocina de la corte francesa. El duque, llevaba los asuntos de gobierno con los otros príncipes de la casa real, o contra ellos, ocupando el lugar de su primo Carlos VI, que subió al trono siendo  menor de edad y se volvió loco en 1392. El duque de Berry llegó a poseer 17 palacios entre urbanos y rurales; casi todos están representados en el calendario de “Las muy ricas horas”. El mes de enero de los hermanos Limburgo es una representación festiva de año nuevo en casa del duque, probablemente realizada en su palacio parisino, el hotel de Nesle. Tenía 73 años y está sentado bajo un baldaquino, lo que denota su alta posición social. El duque era tío del rey de Francia: en la tela del balquino se aprecian las flores de lis reales y los dos animales del escudo del duque: un oso y un cisne. Detrás de Juan de Berry, el crepitante fuego calienta la estancia, tapado por un biombo entretejido. Los invitados que van entrando se calientan las manos junto al hogar mientras un funcionario de la corte los invita a acercarse más: -aproveche, aproveche- se lee sobre sus cabezas como si se tratara de un bocadillo de tebeo (de alguna oferta)- Acércate, acércate-. En la pared de fondo cuelga un tapiz, que además de adornar y proteger del frio y la humedad se supone que representa la guerra de Troya, pero las figuras van vestidas y armadas como los contemporáneos del duque. Delante del anciano, que incluso en palacio lleva un gorro de piel, la mesa está preparada como para un banquete. Como es habitual en invierno, el suelo está cubierto de esterillas de paja. El círculo central es idéntico para todos los meses del calendario: Se observa en el centro, en un primer círculo pintado en camafeo azul (azul de piedra preciosa generalmente ágata-cuarzo-), a un hombre sobre un carro tirado por dos caballos portando un sol radiante; imagen del carro Solar, iconografía antigua retomada por el cristianismo. Esta imagen es imitación de una medalla antigua del emperador Heraclio (emperador romano de oriente), llevando a Jerusalén la verdadera Cruz. Juan de Berry regala un ejemplar de esta medalla a los hermanos Limbourg para las fiestas de un año nuevo. Por encima de este motivo central figuran diversas indicaciones astronómicas para febrero, junio, julio, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. En el tercer circulo superior, en otro camafeo azul, sobre un fondo de estrellas de oro, los signos del zodiaco para cada mes y encima otros círculos con más indicaciones astronómicas. Todo esto está representado en una página de 29x21cm pintada por los hermanos Limburgo a principios del siglo XV para “Las muy ricas horas del duque de Berry”.  El libro consta de 206 páginas de fino pergamino de piel de ternera conservándose en la caja fuerte del Musée Condé de Chantilly, cerca de París. El volumen de “Las muy ricas horas” se realizó según los deseos del duque, es decir, se ilustro suntuosamente.

UN IDILIO ENGAÑOSO


Las miniaturas de los tres hermanos Limburgo dan a conocer sólo un aspecto de lo cotidiano en la vida rural francesa tal como se aprecia en el mes de febrero donde el paisaje de nieve con tres de sus personajes en primer plano levantándose la ropa para calentarse del frío, muestra un mundo en paz y en armonía todo parece estar en su sitio. Pero la realidad a comienzos del siglo XV era muy diferente. Por aquél entonces la nieve, el hielo y el frío eran una amenaza. Los lobos salían del bosque en los duros inviernos para robar ganado, la madera escaseaba. Cuando una helada sorprendía los sembrados en primavera, las cosechas eran parcas, los campesinos pasaban hambre y pronto caían víctimas de las epidemias. Si había varios inviernos malos, la población disminuía drásticamente. La mayoría de las laminas del “Libro de las horas “se pintaron entre 1408 y 1416; en este espacio de tiempo hubo, por lo menos, dos años durísimos.  En las crónicas de la época se hablaba  siempre de inundaciones y sequias, de la soldadesca, escaramuzas y batallas. A pesar de todo, los calendarios o láminas detalladas de los hermanos Limbourg son uno de los principales  documentos históricos sobre la vida del campesinado en la Edad Media.

DETALLES SOBRE LAS ILUSTRACIONES DE LOS MESES SIGUIENTES.


Como acabamos de exponer, febrero, con su clima aún frío y poco propicio para el trabajo en el exterior, queda señalado por el campesino, sentado sobre un taburete y ataviado con la típica saya de capucha puntiaguda que apenas permite ver el rostro, que se calienta al calor de las llamas de la hoguera que arde ante él. Más raro, aunque también existente, es la representación del mismo campesino realizando algún trabajo de interior, como la confección de zapatos. En marzo, las temperaturas más suaves propician el comienzo de las faenas en el campo. Ahora es el momento de podar y calzar las vides para que se puedan recoger sus frutos al final del verano. Abril, el mes central de la primavera, simboliza la regeneración cíclica de la naturaleza. Por ello queda figurado a partir de la alegoría encarnada por un joven que alza, con ambas manos, sendas flores o brotes tiernos en señal de la fecundidad de la tierra. Tampoco mayo conlleva asociada una labor específicamente agrícola. Al contrario, es uno de los meses elegidos para ilustrar sobre un hecho social cómo es el del caballero que practica la cetrería (caza con halcones u otras aves), actividad que le permite mantener los músculos tonificados en los períodos en los que no se batalla. Así, el campus Madii, (el caballero habitualmente acompañado de su halcón), es la representación más extendida de este mes. Junio y Julio comparten la actividad de la siega del cereal (el pan, junto con el vino, eran los alimentos básicos de la dieta del campesino medieval). En ocasiones, en junio, las espigas ya cortadas están siendo trasladadas en gavillas; en otra, en julio, se adelanta la faena del la trilla, más habitual en el mes siguiente. Agosto, por tanto, es tiempo de separar el cereal de la paja con el empleo del trillo. En aquellos lugares, generalmente más cálidos, en los que esta labor se adelantó a julio, ahora se figura al campesino construyendo los toneles en los que después almacenará el vino. Septiembre, según las zonas, es el momento de la vendimia y del pisado de la uva para extraer el primer mosto; caldo que será introducido en las cubas en octubre. En este último, además, en ciertas zonas se procederá a la siembra, a la sementera del campo para la cosecha futura, mientras que tampoco es extraño encontrar aquí la visión del engorde del cerdo. “A cada cerdo le llega su sanmartín”, reza el dicho popular, recordando que San Martín, el 11 de noviembre, es en muchos territorios el momento del inicio del rito de la matanza. Allí donde no se sacrifique al cochino hasta diciembre, éste será el momento propicio para su alimentación. Con el final del año y la vuelta de los rigores invernales, el rústico vuelve a encerrarse en casa. Los calendarios adoptan en diciembre un tono más festivo, de corte religioso, al reseñar el banquete navideño, siendo de las pocas escenas en las que aumenta el número de personajes, sentados ante una mesa provista de viandas (comida). Más raro, pero no inexistente, es asociar este mes con el acopio de leña con la que calentarse durante el resto del invierno.
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Calendario del libro “Las muy ricas horas del duque de Berry”. Realizado por los hermanos Limbourg.

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